La semana pasada se reunieron en Roma, convocados por la Organización para la agricultura y la alimentación de las Naciones Unidas, representantes de 193 países, entre ellos más de 40 jefes de Estado o de Gobierno, con el objetivo de dar respuesta inmediata a la crisis alimentaria que está viviendo nuestro planeta y que sufren directamente, como no podía ser de otra manera, los países pobres de África, América latina y Asia.

“Hace unos meses, las familias comprabamos el arroz para nuestra alimentación diaria por sacos; ahora, tenemos que hacerlo por tazas” relataba recientemente un ciudadano Malí.
En total, 850 millones de personas pasan hambre en el mundo y, con los pronósticos más fehacientes, el hambre alcanzará la cifra de los 1000 millones de seres humanos en los próximos años.
No nos confundamos, no lo tenemos tan lejos: en Europa 2 millones de personas pasan hambre.
Reconocido quedaba al comenzar las reuniones el naufragio del Objetivo del Milenio que marcaba el fin de la pobreza para 2015 en el mundo. El número de personas que pasa hambre en el mundo no sólo no se reduce sino que vive una escalada hacia un aumento progresivo. Ya lo dijo Gandhi: “el mundo puede satisfacer las necesidades del hombre, pero no su codicia”.
Y no le falta razón, más aún cuando desde las grandes esferas de poder se llega a reconocer que las razones que han llevado a esta situación vienen del hecho de haber convertido los alimentos en objeto de especulación bursátil, es decir, primar la maximización de ganancias en perjuicio del bienestar colectivo de los pueblos. Con todo ello, podemos afirmar (haciéndonos eco de las palabras de la embajadora de Venezuela ante la FAO, Gladys Urbaneja) que esta es “la mayor demostración del fracaso histórico del modelo capitalista”.

De acuerdo con las causas, que son evidentes, llegaba el momento de poner soluciones sobre la mesa. No había lugar al debate, sino a la voluntad de cambio, al compromiso que, una vez más, no ha llegado.
Con la excepción de los fondos existentes del Programa Mundial de Alimentos, no se ha ofrecido dinero alguno para atacar el problema principal de la producción, que ha sido provocada por la privatización de la agricultura; por la continuación de la práctica subsidiaria en al política agrícola de asociaciones de países ricos como la Unión Europea (que impiden que los productores de países pobres puedan competir en condiciones justas) y, por último, por el proceso de conversión de productos alimenticios de primera necesidad como el trigo en biocarburantes.
Desde FeS-UGT Extremadura consideramos que hemos asistido a otro asalto perdido y que es prioritario impulsar una segunda “Revolución Verde”, porque no queremos seguir viviendo en el castillo de cristal del mundo desarrollado.
Cristina Gallardo Rey (Departamento de Juventud FeS-UGT Extremadura)







